Algunos comentarios sobre Bloom, la obra de Leandro Tartaglia en Estudio Abierto, y Felicia en el reino de los Elocuants.
Por Inés Acevedo
Felicia en el reino de los Elocuants, que continuará normalmente su desarrollo a partir del sábado 13 y los subsiguientes, partiendo de la plaza de enfrente al hotel Hilton, a partir de las 14 horas y que consiste en un paseo en bicicleta llevando unos auriculares puestos, había sido interrumpida momentáneamente por otra de su mismo autor: Bloom, que Leandro Tartaglia mostró en Estudio Abierto
Eran dos sillones de madera colocados en la vereda del Palacio Barolo, mirando a la Avenida de Mayo, donde la gente se sentaba y se ponías unos auriculares que emitían grabaciones de escenas sonoras.
Una conclusión que se puede hacer después de esta experiencia es que el cine argentino en realidad no es malo: solamente es fiel a la realidad.
Por ejemplo cuando uno sale de su casa a la una de la mañana y va al kiosco y pide “un philipe de diez por favor” ¿No parece que estuviera protagonizando una fugaz escena de una película argentina?. ¿O al entrar al subte y escuchar a un tipo que toca con una flauta un tema de león Gieco?
Lo mismo pasa con Bloom. Escuchamos palabras argentinas, vemos pasar colectivos, y podríamos pensar que todo el contexto de nuestra vida podría ser un argumento para una película Argentina más.
Ahora Leandro Tartaglia es un productor. Esto también lo dice: tiene un celular que al funcionar le ilumina la oreja con un enjambre de luces rojas, y el pelo mucho más corto.
Tan elegante como los sillones que él mismo diseñó en madera suave, liviana y natural.
En Felicia en el reino de los Elocuants, es él quien conduce la bicicleta y nos cuida de no morir en un accidente de tránsito. Eso y sentarse en ese sillón con él cuidando nuestras espaldas, no es entregarse realmente al artista?
Por el paseo en bicicleta LT pide a cambio que la gente entregue un texto o imagen acerca de la experiencia. ¿No es eso algo muy parecido a una relación?
Parece propiciar verdaderas relaciones entre gente antes extraña, pero más que eso algo casi inimaginable: una relación personal con el artista.
Lo que produce el cine, esa sensación de recogimiento y protección motivada por estar en la oscuridad rodeados de personas respirando al mismo ritmo, hipnotizados por la imagen y rodeados del volumen cada vez más atronador, el aire acondicionado perforándonos las piernas, no es una sensación de placer sino de tensión. Parece que nos enfrentáramos juntos y en silencio a un poder cautivador. Pero sabemos que tendrá fin. Por eso salir del cine y volver a los colores y temperatura de la vida diaria produce cierto alivio.
En Bloom estamos en ese mismo momento. En medio de la calle, la imagen amenazadora de la pantalla ha desaparecido y también el resto de los espectadores.
También quedamos liberados de la imagen de la calle, porque estamos en otro lugar, somos voyeaurs escuchas de algo que podría estar pasando en la ciudad. Pero la condición para escuchar esta historia es que nuestro cuerpo quede inmovilizado y a la intemperie. Peligro. Somos como los videntes de Minority Report.
La conexión con la gente extraña que pasa por la calle es completa. Ellos saben que algo está pasando en nuestro interior, porque ven que tenemos puestos auriculares gigantes. Nuestras miradas se cruzan y nos entendemos al instante. Ellos saben que estamos en otro lugar y saben que nosotros sabemos que ellos lo saben. Pero al mismo tiempo somos completamente ajenos porque la imagen de ellos es sólo un ingrediente, por eso los transeúntes giran la vista y dejan de mirarnos enseguida.
“Son los susurros de mi memoria desesperada que reconstruye las únicas alegrías de mi vida. Estoy a punto de morir en una guillotina y todos los recuerdos están viniendo a mi cabeza en un segundo, antes de que esté completamente carbonizada por un shock eléctrico.
¿Tan culpable fui que la gente pasa al lado mío y sigue adelante sin preocuparse por mi destino?” Eso pensé.
Sentarse en ese sillón con los auriculares y nada enfrente excepto la calle, hace que uno se sienta realmente a solas consigo mismo.
La mirada de los otros no nos inhibe, todo lo contrario: estamos allí para reír y llorar. La obra nos obliga a intentar reproducirla ante espectadores fugaces.
El artista no es capaz ver nuestro rostro, tampoco el que está al lado nuestro en el otro sillón puede saber qué recepción de la obra estamos teniendo, solamente un taxista, o el que riega las plantas en el balcón podría sospecharlo, y aún así rápidamente tiende a apartar la vista, y además resulta más sorprendido por el conjunto de los sillones que por nosotros mismos. Es el atardecer. No. El anochecer. El movimiento del tránsito nos relaja, el viento que mueve los árboles nos da una sensación de lejanía.
Estamos aislados en el centro de la ciudad. Lo que escuchamos viene de otro lugar, y podría estar sucediendo en alguna parte.
El viento se vuelve fresco pero no podemos despegarnos del rígido asiento y muchísimo menos entrecerrar los ojos.
El show debe continuar.
http://arteyliteratura.blogspot.com/2006/07/leandro-tartaglia-cine-sin-cine.html